viernes, 9 de julio de 2021

1 MACABEOS. CAPÍTULO VI

 Muerte de Antíoco (2 Mac 9)

61El rey Antíoco recorría las provincias del norte cuando se enteró de que en Persia había una ciudad llamada Elimaida, famosa por su riqueza en plata y oro, 2con un templo lleno de tesoros: escudos dorados, lorigas y armas dejadas allí por Alejandro, el de Filipo, rey de Macedonia, que había sido el primer rey de Grecia. 3Antíoco fue allá e intentó apoderarse de la ciudad y saquearla; pero no pudo, porque los de la ciudad, dándose cuenta de lo que pretendía, salieron a atacarle. 4Antíoco tuvo que huir, y emprendió el viaje de vuelta a Babilonia, apesadumbrado.

5Entonces llegó a Persia un mensajero con la noticia de que la expedición militar contra Judá había fracasado. 6Lisias, que había ido como caudillo de un ejército poderoso, había huido ante el enemigo; los judíos, sintiéndose fuertes con las armas y pertrechos, y el enorme botín de los campamentos saqueados, 7habían derribado el ara sacrílega construida sobre el altar de Jerusalén, habían levantado en torno al santuario una muralla alta como la de antes, y lo mismo en Betsur, ciudad que pertenecía al rey.

8Al oír este informe, el rey se asustó y se impresionó, de tal forma que cayó en cama con una gran depresión, porque no le habían salido las cosas como quería. 9Allí pasó muchos días, cada vez más deprimido. 10Pensó que se moría, llamó a todos su grandes y les dijo:

-El sueño ha huido de mis ojos. Me siento abrumado de pena y me digo: 11<<¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, feliz y querido cuando era poderoso!>> 12Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando el ajuar de plata y oro que había allí y enviando gente que exterminase a los habitantes de Judá sin motivo. 13Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya veis, muero de tristeza en tierra extranjera.

14Llamó a Filipo, un grande del reino, y lo puso al frente de todo el Imperio. 15Le dio su corona, su manto real y el anillo, encargándole la educación de su hijo Antíoco y de prepararlo para reinar. 16El rey Antíoco murió allí el año ciento cuarenta y nueve. 17Cuando Lisias se enteró de la muerte del rey alzó por rey a su hijo Antíoco, criado por él de pequeño,, y le dio el sobrenombre de Eupátor.

Antíoco Eupátor. Paz

18Mientras tanto, los de la acrópolis confinaban a los israelitas en torno al templo, perjudicándoles continuamente y favoreciendo a los paganos. 19Judas se propuso acabar con ellos, y congregó a todo el ejército para asediarlos. 20Se concentraron todos y empezaron el asedio el año ciento cincuenta, con catapultas y máquinas de asalto. 21Algunos sitiados rompieron el cerco; se les juntaron algunos israelitas apóstatas 22y fueron a decirle al rey:

-¿Cuándo piensas hacer justicia y vengar a nuestros hermanos? 23Nosotros nos sometimos a tu padre voluntariamente, procedimos según sus instrucciones y obedecimos sus órdenes a a letra. 24El resultado es que nuestros compatriotas han cercado la acrópolis y nos tratan como extraños. Más aún, han matado a los que han pillado de los nuestros, han saqueado nuestras heredades, 25y no sólo extienden la mano contra nosotros, sino también contra todo vuestro territorio. 26Ahí los tienes, acampados ahora contra la acrópolis de Jerusalén, intentando conquistarla; han fortificado el santuario y Betsur, 27y si no les coges la delantera en seguida, se irán creciendo y no podrás detenerlos.

28El rey se encolerizó al oír esto. Convocó a todos los grandes del reino, jefes de infantería y de caballería. 29Y como también se le presentaron mercenarios del extranjero y de ultramar, 30su ejército contaba cien mil infantes, veinte mil jinetes y treinta y dos elefantes amaestrados para la lucha. 31Atravesando Idumea asediaron Betsur. La lucha se prolongó muchos días; prepararon máquinas de asalto, pero los sitiados hicieron una salida y las incendiaron, luchando valientemente.

32Entonces Judas levantó el cerco de la acrópolis y acampó junto a Bet* Zacarías, frente al campamento del rey. 33De madrugada, el rey hizo avanzar su ejército a toda prisa por el camino de Bet Zacarías. Las tropas se dispusieron a entrar en acción, y sonó la señal de ataque. 34A los elefantes les habían dado vino de uva y de moras, para excitarlos a la lucha. 35Los repartieron entre los escuadrones, asignando a cada elefante mil hombres con cota de malla y cascos de bronce, más quinientos jinetes escogidos: 36donde estaba un elefante, allí estaban ellos; adonde iba, iban ellos, sin separarse de él. 37Cada elefante llevaba encima, sujeta con un arnés, una torre de madera bien protegida. En cada torre iban el guía indio y cuatro guerreros, que disparaban desde allí. 38El resto de la caballería, protegido por las tropas de a pie, iba en las dos alas del ejército, para hostigar al enemigo.

39Cuando el sol relumbró sobre los escudos de oro y bronce, su reflejo en los montes los hizo reverberar como antorchas. 40Parte del ejército real estaba formado en las cumbres de los montes; otra parte en la ladera. Iban avanzando seguros y en perfecto orden. 41Estremecía oír el fragor de aquella muchedumbre en marcha y el entrechocar de las armas. Realmente era un ejército inmenso y poderoso.

42Judas y sus tropas avanzaron, y en el choque el ejército real tuvo seiscientas bajas. 43Lázaro, apodado Avarán, se fijó en un elefante engualdrapado con insignias reales que sobresalía entre los demás elefantes; creyendo que el rey iba allí, 44entregó su vid apara salvar a su pueblo y ganarse así renombre inmortal: 45corrió audazmente hacia el elefante, matando a diestra y siniestra por en medio del escuadrón, que se iba abriendo a ambos lados, 46se metió bajo el elefante y le clavó la espada; el elefante se desplomó encima de él, y allí murió.

47Al ver los judíos la fuerza impetuosa del ejército real retrocedieron. 48Los del ejército real subieron contra ellos hacia Jerusalén; el rey acampó con intención de invadir Judá y el monte Sión, 49hizo un tratado de paz con los de Betsur, que salieron de la ciudad (no tenían ya provisiones para resistir el asedio, porque era año sabático en el país). 50El rey ocupó Betsur y acantonó allí una guarnición para su defensa. 51Luego puso cerco durante muchos días al templo; instaló ballestas y máquinas de asalto, lanzallamas, catapultas, escorpiones y hondas. 52Los judíos hicieron también máquinas defensivas, y la lucha se prolongó muchos días. 53Pero cuando se acabaron los víveres en los almacenes, porque era año séptimo, y los que se habían refugiado huyendo a Judá desde el extranjero habían consumido las últimas provisiones, se quedaron pocos en el templo; 54el hambre apretaba, y se dispersaron cada cual por su lado.

55Lisias se enteró de que Filipo, a quien el rey Antíoco había confiado en vida la educación de su hijo Antíoco como sucesor, 56había vuelto de Persia y Media con las tropas de la expedición real y que intentaba hacerse con el poder. 57Rápidamente determinó partir, y dijo al rey, a los generales y a las tropas:

-Cada día somos menos, tenemos pocas provisiones y el lugar que atacamos está fortificado; los asuntos del reino son urgentes. 58Hagamos las paces con esa gente, firmemos un tratado con ellos y toda su nación, 59permitiéndoles vivir según su legislación, como hacían antes. Pues, enfurecidos por haberles abolido su legislación, nos han hecho todo esto

60El rey y los jefes aprobaron la propuesta; ofrecieron la paz a los judíos, y éstos la aceptaron. 61El rey y los jefes confirmaron el pacto con juramento, 62y así los judíos salieron de la fortaleza. Pero cuando el rey llegó al monte Sión y vio aquellas fortificaciones quebrantó el juramento y mandó derribar la muralla entera. 63Luego, a toda prisa, emprendió el regreso a Antioquía, y se encontró con que Filipo se había apoderado de la ciudad. El rey lo atacó y se la arrebató por la fuerza.

Explicación.

6,1-17 La muerte del perseguidor se prestaba a una patética elegía, al estilo de Is 14 o Ez 32; el autor de 2 Mac la ha explotado al máximo. Nuestro narrador se contenta con un breve discurso, un poco teatral, del rey moribundo. Su confesión no significa verdadera conversión, es solamente el reconocimiento tardío del propio fracaso culpable. Y la culpabilidad reconocida duplica el dolor del fracaso, según la doctrina tradicional (por ejemplo, Sal 70).

Narrativamente han sucedido dos situaciones semejantes, dos intentos de saquear templos. El segundo intento ha fracasado, el primero tuvo éxito. El rey reconoce que el primero ha sido la causa de sus desgracias. Es la perspectiva del autor; pues los saqueos de templos eran cosa ordinaria. Históricamente es cierto que la agresión contra el templo judío desencadenó la resistencia y la rebelión, con los sucesivos reveses para la monarquía seléucida. El autor quiere que veamos en este desarrollo histórico la dirección y el castigo de Dios. Porque, en su relación con el pueblo escogido, se deciden los destinos de los reyes.

Antíoco no se ha enfrentado personalmente con Judas y los suyos, se ha enfrentado con Dios, y Dios castiga su arrogancia.

6,1 El comienzo empalma directamente con 3,37, que hablaba de la partida del rey para Oriente. Elimaida era más bien una región, el antiguo Elam.

6,2 La noticia sugiere que Alejandro había respetado el templo y lo había enriquecido con sus exvotos. Pero notemos que se trata de informaciones comunicadas al rey, en las que había cabida para la leyenda.

6,3 El libro de 2 Mac explota el tema del saqueo de templos en la narración (cap. 3) y en el prólogo (cap. 1). La acumulación de tesoros en los templos es fenómeno constante de la religión. En la resistencia de la población se aunaban los motivos religiosos y políticos; y Antíoco no quiso arriesgarse en un asalto a la ciudad.

6,7 Naturalmente el adjetivo "sacrílega" del ara es lenguaje del autor, no del que informa a Antíoco.

6,8 La restauración del templo y la construcción de la muralla simbolizan el fracaso de la política de unificación cultural: Antíoco juzga lo mismo que el narrador. Los dos verbos predicados del rey recuerdan la fórmula de Sal 48,6: "al verla quedaron aterrados y huyeron despavoridos".

6,10 Sobre el insomnio, véase la expresión de Dn 2,1: con otra fórmula, Sal 76.

6,13 Morir en tierra extranjera es una desgracia redoblada (véase, por ejemplo, Am 7,17).

6,14-17 Como el heredero era todavía un niño -de nueve años, según otras fuentes- el cargo de preceptor equivalía al mando supremo. El rey destituye a Lisias, culpable inmediato de las derrotas en Palestina, y nombra un preceptor de su confianza. Pero Lisias se adelantó y se quedó con el mando efectivo (2 Mac 9,29 dice que Filipo se marchó espontáneamente). Esto fue semilla de discordias, que se resolverán a favor de los judíos.

6,18-22 La acrópolis seguía siendo la pesadilla de Judas en Jerusalén. Judas, confiado en sus victorias, en el apoyo de un sector amplio, y quizá en la menor edad del rey, decidió atacar. Pero se excedió en los cálculos. Lisias había sufrido dos derrotas y quería desquitarse; aunque el narrador presenta como protagonista al rey (de diez años), no es aventurado pensar que Lisias decidía y mandaba.

La acción de Judas había sido una provocación, pues había agredido a una polis con privilegios reales.

6,22-27 Este discurso de los delegados revela muy bien la división de los judíos. Lo que dicen responde a los hechos; pero escuchamos la burla irónica del autor cuando los hace decir "nos sometimos a tu padre".

6,28-31 La campaña está bien planeada: rodeando probablemente por la costa, penetran en el territorio sometido de Idumea y atacan la plaza fuerte de la frontera meridional. Es posible que por el camino se les sumaran idumeos ansiosos de revancha. Aquel año era sabático, es decir, no habían sembrado en otoño y tenían que alimentarse de las provisiones del año precedente (Lv 25). Se trataba de un barbecho ritual, en el que se repartía el esquema semanal del sábado a escala de años. La situación tiene una clara analogía con el ataque en sábado (2,32); son una excusa para las derrotas que el autor insinúa más que confiesa.

6,32 Casazacarías queda al norte de Betsur, al sudoeste de Jerusalén, lo cual significa una penetración del enemigo en territorio judío. Levantar el cerco de la acrópolis es ya un fracaso judío importante. * = Casa.

6,33-54 Lo que sigue también son derrotas. Judas aceptó la batalla, fue vencido y tuvo que retirarse a Jerusalén; de poco valió la hazaña individual de un judío, muriendo bajo el elefante, como otro Sansón incluso al final la salvación es limitada, pues el rey mandó derribar la muralla.

En la descripción de la batalla el autor se entusiasma, no sabemos si utilizando fuentes sirias. Su visión del ejército enemigo, del número, organización, del resplandor de las armas ladera abajo, delatan a un espectador entusiasta más bien que a un enemigo apasionado. Si fuera para exaltar la victoria propia... No podemos pensar que con ello quiera justificar la derrota, pues, de acuerdo con sus principios teológicos, el número de los enemigos no cuenta frente a la protección de Dios. En resumen, el autor se ha dejado llevar del gusto de contar y ha sacado una buena página narrativa.

6,43 Muerto el rey, la batalla estaba prácticamente decidida: recuérdese la orden del rey sirio en 1 Re 22,31 y la muerte de Holofernes en el libro de Judit.

6,46 Jue 16,29s.

6,49 Con la penetración siria, la fortaleza fronteriza de Betsur había quedado cortada, sin posibilidad de resistir. La caída de Betsur hace más dramática la situación de Jerusalén; el autor utiliza hábilmente el dato. ¿No caerá del mismo modo Jerusalén? En efecto, el hambre se hará sentir más gravemente en la capital.

Toda esta situación de asedio y hambre, de una plaza fuerte alejada de la capital, ha servido como material narrativo para el libro de Judit.

6,51 Los lanzafuegos (pyroboloi) eran máquinas para lanzar proyectiles en llamas o incandescentes.

6,55-56 La liberación llega en el último momento, como a David cercado por Saúl (1 Sm 32,27). Las rivalidades por el poder comienzan a favorecer a los judíos y les seguirán favoreciendo hasta su independencia.

6,57-59 El breve discurso de Lisias no da la verdadera razón de la retirada; apenas la insinúa aludiendo a los "asuntos del reino", que eran realmente sus intereses en el reino. Al mismo tiempo parece sugerir que los judíos hacían salidas o contraataques mortíferos o bien que rechazaban los ataques haciendo bajas; también pudo influir la época del año. La solución que propone Lisias no es vergonzosa para los sirios, pues significa volver sencillamente a la tolerancia de Antíoco III, funestamente interrumpida por Antíoco IV.

El narrador se apunta dos tantos con este discurso: con verosimilitud narrativa muestra los argumentos de Lisias frente al rey; con preocupación teológica reafirma el motivo de la rebelión.

6,60-63 Oficialmente el rey niño debía dar su aprobación. Seguro que no comprendió el significado de aquella medida: él, que lleva un título en honor de su padre, Eupátor, deshace de un golpe una pieza central de la política paterna. También se atribuye al rey la orden de derribar la muralla. El autor supone que esa muralla entraba en una de las cláusulas del tratado; por el contrario, da a entender que le sorprendió al rey. Para reconciliar ambos datos diríamos que al rey y a los consejeros la muralla les resultó más fuerte de lo imaginado. Pero también es muy posible que el autor quiera infamarlos con la acusación de perfidia.

El reinado de Antíoco Eupátor termina con un balance equilibrado en lo militar y con un progreso sustancial en lo político y religioso. La acrópolis subsiste en el corazón de Jerusalén y la independencia no está al alcance.

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